Mar, 18 sep 2018 | 10:46 hs.

[ 15.01.2018 07:40 ]  » 

Mi torturador es mi vecino

Gustavo Calotti fue secuestrado en La noche de los Lápices. Compartió prisión con Julio López. Sobrevivió, se exilió y pudo volver a la Argentina 32 años después. Se instaló en el Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata, donde ahora el genocida cumple prisión domiciliaria.
 

 Gustavo Calotti estuvo preso durante la dictadura. Su vecino de celda fue Julio López. Compartieron yerba y charlas. También torturador: Miguel Etchecolatz. Fueron liberados el 25 de junio de 1979. Calotti se exilió en Francia. López fue desaparecido en 2006 tras dar testimonio en el juicio oral al genocida que recientemente fue beneficiado con prisión domiciliaria.

En 2012 Calotti volvió a Argentina: se instaló en el Bosque Peralta Ramos en Mar del Plata, donde disfruta de los árboles y de salir a pescar. Pero la calma se interrumpió para dar paso al miedo: ahora Etchecolatz, su torturador, es su vecino.

Gustavo le contó a Revista Ajo su escalofriante historia:
Julio López ya no tiene yerba. Gustavo, que está en la celda de al lado, ata el paquete a una cuerda y la pasa por la ventanita de arriba al calabozo de Julio que tira hasta que llega. El tabaco y el jabón viajan de la misma manera. Casi todos los pabellones de la Unidad Penal 9 de La Plata dan a un patio grande pero el de ellos da a uno de cuatro o cinco metros por el que no pasa nadie. Al lado están las celdas de castigo y la música constante son los gritos de los compañeros torturados.

El mate es una necesidad básica. Gustavo persigue con un dedo a las moscas que se posan en la pared. El frío es tanto que las moscas no logran volar. El tabaco también es básico: calma, acompaña, ayuda a matar el tiempo.

Antonia, la mamá de Gustavo, trata de depositarle dinero todas las semanas para que no le falten esas cosas. A la familia de Julio, obrero de la construcción, no le alcanza. Siempre que los guardias no escuchan, ellos charlan, cuentan cómo era la vida afuera y Julio recuerda lo que hacía en la Unidad Básica, aunque hablan poco de la militancia.
Gustavo Calotti se exilió en Francia. Estuvo treinta y dos años. Allá conoció a su compañera y tuvo un hijo y una hija. En 2012, volvieron a la Argentina y se mudaron a una casa en el corazón del Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata. Suele levantarse todos los días a las cuatro de la mañana para ir a pescar a la zona sur. Ahí siempre encuentra a algún amigo. A las diez vuelve a la casa y cocina. Después, duerme la siesta.

El celular de Gustavo suena en la tarde del 27 de diciembre de 2017. El mensaje de whatsapp es de la hermana. Lo abre y aparece una placa de Crónica TV que dice que Miguel Etchecolatz tendrá prisión domiciliaria. Vivirá en el chalet que tiene en la calle Nuevo Boulevard del Bosque Peralta Ramos entre Guaraníes y Tobas. Será su vecino. La hermana está asustada, preocupada, le da miedo que pueda pasarle algo. A la mamá también.

Los jueces del Tribunal Oral Federal 6 entendieron que el genocida merecía estar en su casa porque es hipertenso, padece adenoma de próstata y deterioro cognitivo. Además, con ochenta y ocho años, es el hombre de mayor edad de todas las cárceles federales. Para los magistrados, su situación se encuadraría dentro del artículo 10 del Código Penal y en el artículo 32 de la Ley 24.660, normas que regulan la prisión domiciliaria.

Pero el último peritaje que le hicieron al represor dice otra cosa. En el informe, dado a conocer por el diario Página 12, los médicos de la fiscalía escribieron que el paciente es autovalido parcial y no tiene ninguna enfermedad terminal. Por eso, no está comprendido dentro de lo que dice el artículo 32. También aclararon que, si hubiera una emergencia, Etchecolatz recibiría atención inmediata en el Hospital Penal de Ezeiza y en la casa no. Los jueces, en el fallo, solo citaron una parte del informe.

Apenas supieron que el genocida viviría en el Bosque, Gustavo y la abogada, Guadalupe Godoy, presentaron un escrito en el que advirtieron a los jueces sobre el riesgo que corre Gustavo, quien no solo fue víctima de Etchecolatz si no que declaró en su contra y fue querellante. Además, les pedían que dimensionen el impacto y el daño que producen a una víctima directa del genocida. Pero los magistrados rechazaron el pedido.

Leé la nota completa en Revista Ajo

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